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La Celestina en medio del mundo

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Cuando se publica la Tragicomedia de Calixto y Melibea por primera vez la mentalidad de la época no concibe un amor bueno que pueda venir de manos de una hechicera. La mañas de las que se valen   -al margen de que después los clientes acudan a ellas, que éste es otro tema- non "malas artes", y de ahí no puede salir nada bueno. Además el buen orden y la buena moral las desprecia y la Santa Inquisición las persigue. Pues, como diríamos hablando con palabras, no se hable más, está claro, o debería estarlo si tan simples fuésemos los humanos. Pero sabemos que no es así. La inmoralidad se da y se repite, que esto es de dominio común.  Si lo que representa la Celestina Rojas es el amor deshonesto, debe acarrear funestas consecuencias: sólo así es posible diferenciarlo con exactitud del amor honesto, el lícito, el permitido el que la sociedad exige para mantenerse como tal. Recordemos que el libro de Calixto y Melibea no fue censurado por las leyes vigentes, no se in…

Detrás de las fotinias

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En medio de un recinto amurallado transcurría su día a día. Se diría que permanecía ahí adentro por propia voluntad. Nada, en apariencia, impedía avanzar a la neófita. Sin embargo, ella permanecía en pie, callada, la cabeza baja, las manos juntas apretada una contra otra como si se sujetara un dolor interno más fuerte que ella misma; los labios apretados se abrían ligeramente de vez en cuando forzados por el aire que salía de su cuerpo, como una exhalación, como si fuera su último suspiro.  Añoraba las tardes junto a Berta, tras el muro vivo que las separaba del jardín y de todas las demás niñas que junto a ellas se educaban, allá lejos, lejos en el tiempo y en el espacio, con las Reverendas Madres del Perpetuo Socorro.  Por entonces ella soñaba con recorrer el mundo. Ella y su amiga, las dos juntas aunque estuvieran a miles de kilómetros una de la otra. Desde que una tarde estuvieron a punto de ser descubiertas, se juraron amor eterno. Amor eterno, cuando el amor es una libertad. Ja…

Las piedras beçares

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Los rumiantes y algunos mamíferos producen una concreción calcárea, llamada piedra bezoar, usada desde antiguo como protector de salud, como medicamento y como antídoto contra venenos. El uso era corriente en otras épocas, sobre todo por las personas adineradas. Se consideraba que la piedra tenía propiedades mágicas y curativas. Quien podía, las poseía entre sus más preciados bienes. Entre astrolabios y otros aparatos científicos se guardaban piedras beçares del tamaño hasta de un güebo de gansa. En la actualidad, aparentemente, ha desaparecido su uso; sin embargo, hace unos años publiqué un artículo similar al presente, un lector de Sudamérica me envió una fotografía de la piedra que guardaban en su casa. Estaba sin decorar y sin envolver en material alguno. La piedra, una concreción cubierta de pelos largos parecida a un coco en el color, de forma irregular y del tamaño de un puño. Los hombres y las mujeres de posición económica elevada, al menos en otros tiempos,  solían guardarla…

Desconsuelo

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Luisa se sobresaltó. Conocía la sensación de frío que paraliza el cuerpo de forma inesperada, repentina; como un puñal de acero clavado en su pecho por un asesino traidor, cuando nada se sospecha. Corrió asustada hasta donde se encontraba el aparato del teléfono. Levantó el auricular con expectación y con miedo.  Contestó a su madre como quien ya sabe que las nuevas anuncian pena, desconsuelo eterno. Hacía mucho tiempo que Luisa sabía que Berta andaba por el mundo en solitario, que apenas llamaba a su padre ni paraba mucho tiempo en ningún lugar. Se llamaba a sí misma Liberta y ni siquiera Luisa adivinaba de dónde le había venido todo ese rollo que ahora se llevaba entre manos; sólo el sonido telefónico le propinó el golpe de pánico tan característico, tan premonitorio. Marcó, como una autómata, un número de teléfono que sabía de memoria, tantas y tantas veces marcado tiempo atrás. -Pronto?  -Pronto. Mi sente? -La sento -Buongiorno. Me chiamo Luisa, spagnola. Io sonno un'amica di Be…

Luisa

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Después de diez años alejada de su tierra natal, deseaba pisar el suelo de su casa española. Volver a dormir en su habitación de adolescente le parecía un sueño imposible. Las altas cumbres que cierran la vista del horizonte lejao, las mismas que tantas veces dibujó con los dedos desde la ventana de su casa cuando se ensimismaba con ellas y perdía la noción del tiempo, esas mismas cumbres ahora le parecían sacadas de una fotografía de alguna revista de viajes. ¿Será cierto que el tiempo lo borra todo? Todo. ¿Hasta el olor o el sabor de los cuerpos que un día yacieron juntos? Su corazón latía al ritmo de sus pensamientos que se aceleraban a medida que la mente iba y venía de una escena a otra como si mirase fotografías antiguas a salto de mata. Se detenía un tiempo en una y saltaba a otra con nuevo alborozo. Otro recuerdo. Otro tema. Otra parte de su vida.  Debió saltar o gritar sin enterarse porque su marido entró asustado. Ella lo miró con una sonrisa de oreja a oreja, y Bob se ma…

Las cosas no son lo que parecen

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En los dorados y adorados años setenta del pasado siglo se miraba al futuro con fe en un mundo nuevo, mejor para todos, mas igualitario para todos los pueblos, donde los pobres no pasarían hambre, donde los despreciados serían queridos y acogidos, donde la paz reinaría y las guerras habrían desaparecido. La gran esperanza del mundo en el año 2000 era grande. El milenio cambiaba, Franco ya habría muerto y el bienestar cubriría la faz de la Tierra. Discursos cargados de mucha manipulación política se dirigían a las masas de universitarios y de obreros cuando decían iban unidos hacia un mundo mejor, pero ellos lo decían con otras palabras, menos religiosas y más políticas. Algunos hablaban de revolución, de bolcheviques, y de rojos de cuando la guerra (la civil española de 1936-1939) y, no lo dudo, seguro que lo sentían así. Otros muchos, yo creo ahora que vuelvo la vista a atrás, que lo decían por decir. No se lo creían ni pensaban en más revolución que la de su entorno propio: o sea, …