Cosas de mí

domingo, 26 de agosto de 2012

Una Tarde En El Negresco De Villena


Una tarde de verano a finales de la década de los setenta desembarqué en el puerto de Alicante, procedente de Ibiza. Sin esperarlo, recibí allí mismo una invitación para ir a Villena y quedarme algunos días.
¿Villena?  Me sonaba el nombre de cuando estudiaba geografía en bachillerato: las provincias españolas, sus comarcas y los principales municipios de cada una. Villena era cabeza de partido.
Nunca había estado allí, ni siquiera en Alicante capital ni en sus famosas playas. Ahora pasaba de vuelta a Madrid y entre palabra y palabra me convencieron para quedarme algunos días.

Bajé del tren sin imaginar la influencia que aquella parada iba a tener en mi vida. No pensé, ni  siquiera por un instante, que esas horas en Villena se iban a convertir en inolvidables para mi.
Salí de la estación, crucé la calle, avancé unos pasos y me detuve en una amplia acera en la que varios jóvenes  se saludaban, se presentaban unos a otros, hablaban y reían. Me integré en el grupo, como si fuésemos viejos conocidos, pero en realidad  yo no conocía a nadie. Todos alrededor de un bar, conocido como El Alejandro. Un poco más adelante había otro bar. La clientela estaba más tranquila. Algunos entramos, cogimos una mesa y pedimos un café. Charlamos. Relatos del verano entre planes de futuro se cruzaban en aquella mesa del antiguo Café Negresco. 
En medio de la conversación, yo comenté que quería empezar la tesis. Dije también que quería hacer un estudio sobre curanderos, pero que aún no sabía el lugar dónde iba a realizarlo.
Un hombre joven se acercó  a la mesa. "Aquí hay curanderos. A mi me han tratado", dijo, dirigiéndose a mí. Como si  los dioses del Destino me hubiesen reservado todas las sorpresas para ese día, recibía una tras otra.  Allí, sentada en un café donde no conocía a nadie, acababa de ocurrir aquello.  ¡Vaya casualidad! En medio de lo que creía una conversación trivial,  alguien estaba siguiendo la charla y se interesaba por lo que decíamos. Le miré, sorprendida, no era consciente de que alguien nos escuchara y más perpleja aún por lo que acababa de oír. Yo miré a aquel hombre, de unos treinta años. No sabía nada de él, como de ninguno de los que por allí andaban. Todos eran jóvenes, todos parecían conocerse, todos parecían amigos y todos estaban allí,  todos en el mismo café. 
Él seguía mirándome y hablaba, decía cosas muy interesantes al parecer, pero  no le entendía bien. Pronunciaba las palabras con un tono algo raro y muy deprisa.
-¿Qué?
-Yo conozco. A mi me han tratado.
-¿Ah, si? Pues preséntame a alguno.
-Bueno. ¿Tienes prisa?
-No.
-¿Tú puedes venir mañana?
-Sí.
Quedamos para el día siguiente, pero no sabíamos dónde podríamos hablar. Así es que otro de los presentes se brindó a dejarnos un sitio. Alguien me prestó un magnetofón, y quizás la cinta de cassette, esto no lo recuerdo bien. O quizás la cinta la compré yo. No lo recuerdo.
La cuestión es que al día siguiente, por la mañana, fui al lugar donde nos habíamos citado.
Era una tienda. En la trastienda, un almacén repleto de grandes cajas de cartón nos sirvió para empezar lo que fue la primera entrevista abierta e informal que hacía sobre los curanderos de Villena, sin saberlo.
Cogimos dos cajas, una para cada uno. Nos sentamos. Encendí  el magnetofón, observé que lucía el piloto rojo del aparato y empezamos a hablar.  Se oían ruidos del exterior, como si alguien entrara. Paré el magnetofón. Nos callamos. Se oyeron unos pasos, silencio, otra vez pasos, y silencio. No era nadie, dijimos. Y seguimos hablando y grabando. Si ahora escucho aquella cinta, ruidos aparte, se oyen las palabras de mi interlocutor alternadas con mis expresiones de asombro, duda, estupor, desconcierto. Yo sólo acertaba a articular interrogantes: ¿Que son qué?  ¿Eso qué es? ¿Qué, qué?  ¿Cómo lo has llamado? .
-¿Tienes prisa?
-No.
-¿Te vendrías ahora a casa de una amiga mía?
- Si.
-¿Vamos?
-Vamos.
Y nos fuimos con el magnetofón a otra parte.
Yo le seguía por las calles de Villena. Cruzamos la calle Ancha, empezamos a ascender cuesta tras cuesta y luego a bajar. Cerca de una plaza con juegos infantiles, en unos bloques de viviendas de nueva planta, en uno de los últimos pisos vivía la mujer que íbamos a visitar.  Llamamos a la puerta y una señora joven, de aspecto amable y sonriente, nos recibió. Nos permitió pasar y nos invitó a sentarnos. Nos presentamos, hablamos unos momentos y me permitió poner en marcha la grabadora. Comenzó a  hablarme de ella, de espíritus y de épocas anteriores. Yo apenas preguntaba, absorta como estaba escuchando a aquella mujer. 

No sólo había recibido un trato admirable, me habían contado unas historias que jamás hubiera sospechado que existían. Aquí hay algo importante, pensé.  No sabía qué ni por dónde cogerlo. Pero me atrajo lo suficiente como para anteponerlo un tiempo después a otras situaciones que se me iban presentando.
En Madrid entré en contacto con el Agregado Cultural portugués. Tenía la oportunidad de realizar el estudio en Portugal.  Dispondría de casa cedida por ellos, de coche y de apoyos para hacer el trabajo. Sopesé la situación. Recogí mis papeles y armada de bolígrafo, papel, lápiz, magnetofón, cintas y poco más, volví a Villena, esta vez desde Madrid.
Este viaje ya era, en toda regla, un viaje para hacer, consciente y concienzudamente, trabajo de campo sobre los curanderos de Villena.
Regresé muy decidida, con la esperanza puesta en continuar lo que había empezado de aquella manera tan casual, aquella inolvidable tarde del verano de 1979.
Pero, sorpresa, sorpresa... No encontré a ninguna de las personas contactadas en el viaje anterior. Nadie estaba ya en Villena, me decían. Llamaba a las casas en las que estuve y allí no vivía la persona por la que yo preguntaba.
Indagué por todo el pueblo sobre los curanderos. Nadie sabía nada. Respuestas más frecuentes: ¿Curanderos aquí?, que yo sepa...no, pues no. No he oído yo de eso. ¿Aquí curanderos?. Aquí no hay de eso. No, yo no sé que haya curanderos aquí. Y así, uno y otro también.
Buscaba y rebuscaba, todas las respuestas similares. Incluso llamé a algunas puertas: ¿Aquí un curandero? Pues no, te habrás equivocado, aquí no vive nadie así. Mi marido trabaja en la piedra. Curandero, no. ¿Una curandera aquí? No, aquí no es. 
Bueno, pues yo sí sabía que los había. El problema era dar ahora con ellos.
Me fui al Archivo Histórico. Hablé con médicos, sacerdotes, autoridades municipales y fui recopilando otra  información de interés. Aprendí bastante de la Historia de Villena. Conocí a don José María Soler, personalmente.  Me hablaron del tesoro de Villena, del tesorillo de Cabezo Redondo, de leyendas, de las cinco campanadas, de los Pacheco, de la Virgen de las Virtudes, de las fiestas de Moros y Cristianos, de Ruperto Chapí, de la Mahoma... y de más cosas. Todas muy interesantes, pero no era lo que yo iba buscando.
Don Antonio Cuellar Caturla, entonces archivero municipal, me ayudó mucho en el archivo. Charlábamos y revisaba yo documentos que él tenía muy bien clasificados y conservados.
Poco a poco conocí gente y, siempre, en honor a la verdad, hospitalaria y agradable.
 Al cabo de unos  meses en esa situación, una tarde, de modo inesperado, una persona en una tienda me dijo: ¿Quieres venir esta noche a un sitio que vamos a ir? Sí, le respondí. Fui. Y allí me encontré, de buenas a primeras, en medio de lo que después comprendí que era una sesión espiritista. No sabía yo nada de espiritismo. La palabra me sonaba algo. Entre lo que me contaron los primeros contactos y aquello, no veía aún la relación. No entendía nada. Así es que continué con el trabajo. El resultado fueron los años que seguí yendo al Valle del Vianalopó para ampliar el trabajo; la tesis, los libros, los artículos, conferencias y enseñanzas que de aquí salieron; después, además, otros investigadores llegaron y también diferentes cadenas de televisión, interesados todos ellos en el ejercicio de los curanderos.
 

La situación inicial que encontré era tal, que, sin despejar todo aquello, no había forma de hacer un buen trabajo. Sobre todo para cualquier investigador foráneo. Los residentes en Villena lo conocían todos. Más o menos profundamente, pero no pasaba inadvertida la actuación de los curanderos en el municipio.  La existencia de espiritistas, tal vez, era más desconocida para muchos -por la época-  pero no lo era para todos. Y, cuando me integré más y más en el ambiente que estudiaba, vi cómo, al contrario de las  respuestas primeras, la investigación mostró que, lo extraño en la comunidad no era el curandero, ni que alguien acudiera a él cuando lo necesitara,  sino al contrario. Lo raro era encontrar familias entre cuyos miembros no hubiese  facultades  o clientes de los curanderos de un modo u otro: en el aspecto espiritual o en el aspecto material.
Cierto es que la totalidad de la población no es asidua a estos especialistas -Villena es una ciudad grande-; pero sí puedo decir que sus gentes se conocen entre sí lo suficiente como para, asuntos como la existencia o inexistencia de curanderos en el municipio lleguen a  sus oídos. La causa siempre sostuve se encontraba en los años que ejercieron y se reprodujeron clandestinamente -desde la guerra civil de 1936 hasta proclamada la Constitución española de 1978-
Puede ocurrir que no se conozcan los nombres propios de los especialistas populares, puede que no sepan quién es  curandero o quién no; pero  ignorar su existencia y permanencia en Villena desde antiguo, no. No lo creo. Pude comprobar que el uso de la medicina popular estaba muy arraigado, y muy oculto.  Era un asunto conocido en la zona, pero tan oculto que necesité mucho tiempo y mucho trabajo para sacarlo a la luz pública.


Nota: Fotografías: Internet