Cosas de mí

viernes, 10 de abril de 2015

El Café De La Tarde

Cada primavera cuando llega la tarde y la brisa acaricia el rostro resulta difícil resistir la seducción del mar azul, blanco, verde... la luz reverbera, ciega y somete a los cuerpos abandonados al placer de la tarde. El ir y venir de las olas,  tan apacible, mece los cuerpos y sosiega las almas.
Sentada en una terraza mientras tomo un café, miro a mi alrededor.
Un hombre joven dormita bajo una palmera. La chica que lo acompaña ojea folletos de agencias turísticas.
Una mujer sola, vestida con sombrero negro, pantalón corto negro, camiseta negra y, colgando de su hombro un cesto multicolor,  se sienta en la balaustrada que nos separa de la playa.  Dos bicicletas apoyadas sobre la barandilla. Una pareja de quinceañeros -quizás los ciclistas- degustan un helado en el kiosco de al lado. Cruza delante de mi un podenco pequeño. Le sigue un muchacho de andares muy tranquilos. Los observo. El chico le llama con un nombre que apenas entiendo, suena algo así como Pert, o Bert... El perro se detiene. Juegan y corren casi a la vez.
Saboreo el último trago de café,  fresco, delicioso. Me levanto. Dirijo mis pasos hasta el borde del mar.

Unas escaleras permiten el acceso a esa parte de la ciudad que ahora es la playa embutida en el asfalto. La moderna balaustrada, muy blanca, separa ambos espacios: a un lado los paseantes, vestidos de ciudad; al otro, los bañistas, medio desnudos o vestidos de playa.
A medida que me aproximo a la orilla del agua, las olas alcanzan mis pies, los cubre. Detengo la marcha  para mirarlos. Me gusta  verlos así,  desnudos y mojados; me gusta ver cómo resbala el agua hasta fundirse con la gran masa azul, mientras deja una parte de sí misma entre las partículas de arena.