Cosas de mí

domingo, 20 de septiembre de 2015

El Castillo Y El Mar.


Sólo se ve el ancho mar cuando se llega al castillo. La subida se logra a base de buenas piernas y mucha energía, o con paciencia y muchas ganas de llegar a lo más alto. 
El terreno empinado que sirvió de asiento al castillo como primera construccion en tiempos medievales, se pobló de colonos que con el paso de los años formaron un pueblo, como tantos otros pueblos, de los que abudan en la costa y sirvieron de cabecera a un señorío en la antigüedad. Excepto la parte baja, la base de esa gran pantalla blanca que es la ladera del monte donde se levantaron las casas, todo el trazado urbano consiste en una sucesión de cuestas; una al lado de otra, unas encima de las otras. Así, hasta arriba.
Las cuestas desaparecen en ciertos tramos para dar asiento a escaleras nuevas, pero la pendiente no disminuye. Los recovecos abundan. A veces la ascensión se convierte en un duro subir y girar, subir y girar, subir y girar. 
Tanto es así, que el caminante siente el deseo de echar abajo los muros que le cierran la vista;  se inquieta por lo prolongado del camino, por la lejanía de la cima, por alcanzar un final que empieza a parecerle inexistente. En un recodo topa con una antigua casa derruida. Entre los escombros crecen plantas silvestres y gana terreno el verdor de los arbustos.
Cuando al fin llega a su meta, apenas le interesa el recinto amurallado. Echa un vistazo a las piedras nuevas que artífices actuales han unido a las antiguas. Echa un vistazo al símbolo de glorias pasadas. Apenas se aproxima al castillo su interés por la reconstrucción decrece. Le proporciona más placer respirar hondo, oler el aire,  mirar a su alrededor, abandonarse al viento y al sol. Desde allá arriba le gusaría lanzarse, como un pájaro si alas tuviera. como abre un pájaro las alas, abre nuestro hombre sus brazos, repira hondo, levanta la cabeza y grita:¡El mar!¡El mar!...