Cosas de mí

domingo, 11 de diciembre de 2016

La Lectura

...Y al llegar a lo alto de una cuesta se metió en la boca de un....

Su voz llegaba hasta mis oídos como un eco lejano, remoto, distante que me sumía en un mundo nuevo; un mundo que no era el de todos los días en la vida corriente. Parecía cargada de una música que hacía el  momento especial con su poder para transportarnos a otros tiempos y a otros lugares. Se podría decir que viajábamos en el tiempo y en el espacio sin movernos de la sala.
Las palabras que pronunciaba mi madre cuando leía en voz alta para nosotros, sonaban así de maravillosas. El  atractivo de sus lecturas radicaba tanto en el texto, como en el modo de deletrear y pronunciar que tenía mi madre. Ella modulaba la voz con una suavidad que parecía seda cuando quería, o con la rudeza de un auténtico zafio cuando la frase lo requería. Nunca gemía o reía una madre como una madrastra; nunca hablaba un ángel como un hada, o como un demonio. Se dice que la cara es el espejo del alma, yo diría que las palabras que usamos y cómo las empleamos, también.
 Nunca habló don Quijote como Sancho Panza, nunca habló el conde de Montecristo como su criado, nunca hablaba una dama como su criada, o un caballero como su escudero. Las campanadas, los ladridos o el chasquido de una rueda, todo cuanto acontecía en el transcurso de la narración, tenía un sonido que le era propio.  Cada novela, cada libro tenía su moraleja, su enseñanza útil para la vida.
Tampoco los temas tratados eran los mismos. La Regenta, La Dama de las Camelias, El Judío Errante, El Conde de Montecristo, Agustina de Aragón, Juana de Arco, Mariana Pineda...  Todas estas mujeres y hombres desfilaron ante nosotros de la mano de mis padres.  La obra de autores como Juan Ramón Jiménez, Gabriel y Galán, Cervantes... no nos era desconocida. Mis padres trabajaban muchas horas diarias los dos. Pero los dos sacaban tiempo de no sé dónde  -bueno sí lo sé, nunca tuvieron vacaciones, por ejemplo- para estar con  nosotros, jugar con nosotros y leer con nosotros.

Mi padre era un gran amante de la lectura y del estudio. Le hubiera gustado estudiar siempre, pero debió trabajar desde muy pronto. Aún así, desde niño se dedicó a estudiar robándole tiempo al tiempo.
La costumbre de leer en voz alta la había adquirido mi madre de su padre, mi abuelo Bernardo. Este abuelo solía juntar a su familia alrededor de la mesa con el propósito de leer en grupo.  Tenía cinco hijas que  podían seguir la lectura perfectamente, un hijo pequeño que jugueteaba y otra hija más pequeña aún, que desde la cuna  tal vez  le escuchase y se durmiese con el tintineo de la voz del padre. La madre, mi abuela, como suelen o solían  hacer las madres, escuchaba con atención la lectura y controlaba con la vista a todo el grupo.
Muchas veces he oído decir a mis padres que no envidiaban nada de ninguna persona, excepto "el saber", "los conocimientos" que poseía.  El dinero se gana, también se puede perder... decían. Los conocimientos se adquieren, y una vez en tu haber, nadie puede quitártelos. El saber lo llevas contigo allá a donde vayas, en cualquier circunstancia de la vida.

 Habían vivido mis padres la guerra civil de 1936 con una edad rayana en la adolescencia.
Mi padre fue soldado mientras mi madre estudiaba en Salamanca.  Vieron de qué modo tan veleidoso, tan caprichoso, la Fortuna lleva y trae vidas y haciendas.  Aprendieron que lo que permanece en uno mismo, que nadie podía llevarse ni siquiera la diosa, era el saber adquirido.

El Quijote es uno de los libros que ambos preferían. No sólo como lectura y relectura, también como fuente de citas que sacaban para nostros en muchas ocasiones: "¡qué lástima don Quijote -decía mi padre- vivir loco y morir cuerdo!. Es un libro muy bueno. Ese libro contiene enseñanzas que no han pasado con el tiempo".
Conservo un ejemplar editado en 1879 en Barcelona, que me lo regaló mi padre.
Me gusta tanto el libro, que lo uso con más frecuencia que otras ediciones que tengo del mismo. Lo abro al azar, quiero extarer un párrafo para finalizar este escrito. Leo:
Y como el cura dijese que los libros de caballerías que Don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero no sé yo como puede ser eso, que en verdad que á lo que yo entiendo no hay mejor lectura en el mundo, y tengo ahí dos ó tres dellos, con otros papeles que verdaderamente me han dado la vida, no sólo á mí, sino á otros muchos, porque cuando en tiempo de la siega se recogen aquí muchos segadores, y siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en las manos y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas.
Como suele decirse "hablando de Roma... por la puerta asoma",  ha asomado esta página del capítulo XXXII del Tomo I, del citado libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha.
En este punto lo dejo por hoy, para seguir leyendo, pues esta cita ha echado sal al gusto de la lectura y me ha enganchado con su lengua, que a veces parece deslenguada de puro clara, que hace las mieles como aquí se dice:  ... yo también gusto mucho de oir aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles. Así habló Maritornes.
A favor de la lectura de los libros de caballerías estaba también la ventera; mujer que apoyaba su lectura aunque sólo fuera  porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos -el ventero-  estais escuchando leer, que estais tan embobado que no os acordais de reñir por entónces.


Este articulo se lo dedico a mis padres, Tomás Reviriego Chamorro y Estilita Almohalla Chamorro.
Imágenes. Cuentos infantiles. El Quijote. 

sábado, 23 de julio de 2016

Campo De Mirra. Cartel Cerámico: San Bartolomé




La imagen principal llena el cuadro. Un intermediario divino corpulento, majestuoso, varonil, limpio de cuerpo y limpio de espíritu. Da la impresión de venir en son de guerra contra los malos. Los espíritus malignos: desnudos, feos, peludos y con rabo  caen hacia atrás malhumorados, vencidos por la presencia sagrada.
El Santo porta un libro debajo de un brazo y empuña una espada con la mano derecha.  San Bartolomé en la iconografía cristiana se  representa con un libro y con un cuchillo.
En el azulejo de esta fotografía la faca se me antoja espada. Veo  una espada corta y ancha al estilo árabe, un alfaje.
Pienso en la historia que me han contado los paisanos, cuando en el siglo XIII Jaime I de Aragón y Alfonso X de Castilla firmaron el Tratado de Almizrra en ese mismo lugar. 

 


domingo, 3 de julio de 2016

Visión Fantástica



El silencio impera en el ambiente. Desde lo más alto de la sierra desciende en ziz-zag una mancha pajiza, grande, opaca y, sin embargo, ligera como el viento. Avanza hacia mí.  
Sorprendida, me pongo en pié. La miro. Observo sus vibraciones menudas y continuas. Observo sus  cambios de izquierda  a derecha y de derecha a izquierda del eje central: el que yo trazo a menudo entre mi ventana y la cúspide más alta del macizo. Observo sus frecuentes vibraciones en el aire salpicadas de brincos, que no llegan a desestabilizar su marcha.
Tal vez posea vida propia, tal vez se trate de un alma en pena que busca alivio. O, quizás, sea un ser inanimado ¡qué digo! ni siquiera un ser, sino una cosa. Una cosa cualquiera. Un aparato aerostático, por ejemplo un globo sonda que ha perdido el control, o un ómnibus sin mando, o una mítica serrana cazadora de hombres.
Yo me inclino por el fantasma.

Un sonido bruto rompe el silencio. La cortina de niebla se rasga. La luz dorada se divide en dos partes idénticas: como si de dos ojos se tratase. Ojos de iris muy amarillo, de córnea pálida. Ojos rodeados de mejillas rojizas aquí, cubiertas de óxido allí. Con una estrecha frente de cristal más traslúcido que transparente de tanto barro y de tanta suciedad como acumula. 
El camión del carbonero, traqueteando,  avanza despacio. Se para unos momentos. No se ve a nadie en la calle. Se oye de nuevo el rugido que parecía más animal que humano, que ni animal era, sino lata pura. El camión y el camionero avanzan a su ritmo hasta el pueblo siguiente.