Cosas de mí

sábado, 23 de julio de 2016

Campo De Mirra. Cartel Cerámico: San Bartolomé




La imagen principal llena el cuadro. Un intermediario divino corpulento, majestuoso, varonil, limpio de cuerpo y limpio de espíritu. Da la impresión de venir en son de guerra contra los malos. Los espíritus malignos: desnudos, feos, peludos y con rabo  caen hacia atrás malhumorados, vencidos por la presencia sagrada.
El Santo porta un libro debajo de un brazo y empuña una espada con la mano derecha.  San Bartolomé en la iconografía cristiana se  representa con un libro y con un cuchillo.
En el azulejo de esta fotografía la faca se me antoja espada. Veo  una espada corta y ancha al estilo árabe, un alfaje.
Pienso en la historia que me han contado los paisanos, cuando en el siglo XIII Jaime I de Aragón y Alfonso X de Castilla firmaron el Tratado de Almizrra en ese mismo lugar. 

 


domingo, 3 de julio de 2016

Visión Fantástica



El silencio impera en el ambiente. Desde lo más alto de la sierra desciende en ziz-zag una mancha pajiza, grande, opaca y, sin embargo, ligera como el viento. Avanza hacia mí.  
Sorprendida, me pongo en pié. La miro. Observo sus vibraciones menudas y continuas. Observo sus  cambios de izquierda  a derecha y de derecha a izquierda del eje central: el que yo trazo a menudo entre mi ventana y la cúspide más alta del macizo. Observo sus frecuentes vibraciones en el aire salpicadas de brincos, que no llegan a desestabilizar su marcha.
Tal vez posea vida propia, tal vez se trate de un alma en pena que busca alivio. O, quizás, sea un ser inanimado ¡qué digo! ni siquiera un ser, sino una cosa. Una cosa cualquiera. Un aparato aerostático, por ejemplo un globo sonda que ha perdido el control, o un ómnibus sin mando, o una mítica serrana cazadora de hombres.
Yo me inclino por el fantasma.

Un sonido bruto rompe el silencio. La cortina de niebla se rasga. La luz dorada se divide en dos partes idénticas: como si de dos ojos se tratase. Ojos de iris muy amarillo, de córnea pálida. Ojos rodeados de mejillas rojizas aquí, cubiertas de óxido allí. Con una estrecha frente de cristal más traslúcido que transparente de tanto barro y de tanta suciedad como acumula. 
El camión del carbonero, traqueteando,  avanza despacio. Se para unos momentos. No se ve a nadie en la calle. Se oye de nuevo el rugido que parecía más animal que humano, que ni animal era, sino lata pura. El camión y el camionero avanzan a su ritmo hasta el pueblo siguiente.