Cosas de mí

jueves, 6 de abril de 2017

Doña Cuaresma

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Joan Amades. Vieja Cuaresma



Cuando las modas eran otras y las mujeres más alabadas por su hermosura y belleza  lucían redondeces hasta donde el pudor y  las bunenas costumbres lo permitían. Por el contrario, una mujer sin curvas por lo flaca, delgada en exceso, y en ocasiones además muy alta, se decía: parece una Cuaresma. 
De señoras gorditas de cuerpo y blanquitas de piel se pasó a lo contrario en los actuales tiempos.
La Cuaresma, la de hoy que la tenemos ahí: a la vuelta de la esquina, se simboliza (con un cierto aire de duelo más antes que ahora; si no tanto el dibujo, si la intencionalidad y el uso que se hace de él))  como una vieja con siete piernas: cada día de la semana se le cortaba una y, finalmete, se la decapitaba.
La figura es de una mujer. Es una mujer vieja. Es una mujer patilarga, con sayas largas y con un cesto de mimbre, de ir a la compra, lleno de pescados y de verduras. 

El Arcipreste de Hita escribió:

"Por ende, la Cuaresma, de flaca complexion,
pronto temió la lid, la muerte o la prisión;
de ir a Jerusalén ha hecho su promisión,
y de pasar la mar buscaba ocasión."
(...)

"Y, como es primavera, no venían del mar
los pescados; y, así, ¿quién la podría ayudar?
Además, dueña flaca no está para lidiar;
por todas estas cosas no quiso allí esperar."

Uno  de los ritos del final de la Cuaresma consiste en serrar a la vieja.  O sea, romperla, partirla en dos, quemarla. El acto, según épocas y zonas ha tomado aspectos diversos: monigotes de cartón o de papel que se rompen, Judas que se queman... Su significado es similar. La Cuaresma toca a su fin.
Hubo un tiempo en el que se cerraban los cines, se callaba la música y el canto. Los matrimonios y los nacimientos no se celebraban esos días. No eran días propicios para fiestas y jaranas. Sino de ayuno y de abstinencia.
Muerta la Cuaresma empezaba un periodo del año con más luz, con más vida. Limpieza general de las casas -por dentro y por fuera-, las gentes estrenaban ropa de verano. Vestían a partir de esos días de colores claros, propios de primavera y de verano. Y todo cuanto en el pueblo vivía renovaba su día a día. El invierno quedó atrás, las cenizas quedaron atrás.
Y es que la Cuaresma marca un tiempo nuevo, el tiempo del nacimiento de la vegetación, del amor, de la vida. El sol luce más hasta alcanzar su máximo explendor.