Cosas de mí

domingo, 21 de mayo de 2017

Nuestra Plaza, Nosotros Y La Moda Del Ruído.

Salimos de casa con el ánimo propio de un día de fiesta. Cruzamos dos calles muy antiguas y al punto nos encontramos en el centro de la plaza más veterana de nuestro pueblo -porque aunque ciudad de renombre,  nos gusta decir nuestro pueblo. Ahora casi todos los amigos vivimos a las afueras. Antes, cuando fuimos niños y hasta casi llegada la vejez, vivíamos en el centro. Allí se encuentran las casas de nuestros padres y de nuestros abuelos, que nosotros hemos alquilado como residencia a estudiantes o como  locales comerciales.
Nuestro pueblo celebra fiestas patronales en el mes de agosto y, por regla general, los amigos de siempre nos reencontramos en la plaza como solíamos encontrarnos en nuestra juventud: sin previo aviso. Vamos. Y allí nos vemos. Un año tras otro desde hace más de cuarenta años. Y, si alguna vez falta alguno nos miramos extradós: ¿Y Alfonso? ¿Y María Candelas? alguien responde: Este año no viene, está en Luxemburgo, se han ido al Zaire... No vienen, su hijo pequeño ha sido padre...
De repente, nos miramos otra vez. ¿Ya? ¿Ya es abuelo Alfonso? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo!
Las conversaciones empiezan a ser muy repetidas, y esto no me gusta.
La última de éstas me recordó a mi padre, cuando él tenía la edad que nosotros -los amigos- tenemos ahora. Nos contaba entonces que cuando él era niño, unos ancianos de su pueblo, hablando en corrillo en la plaza, se decían unos a otros: Ya no se ven viejos en nuestro pueblo. No, claro... ¡los viejos ahora somos nosotros!
El  contínuo pasar de la gente vestida de domingo, el griterío de las voces, el bullicio de las atracciones infantiles, el trasiego a toda velocidad de los camareros, la música estridente de los bares formaban un conjunto discontínuo de notas altas y altísimas que sin orden ni concierto invadían el espacio sonoro.
Hasta tal punto llegó la algarabía que nosotros, los viejos, amantes del silencio, de la paz, del sosiego, de la calma y de la buena charla nos pusimos en pie y volvimos por donde una  hora antes habíamos venido a nuestra plaza. Permanecimos en nuestra plaza menos tiempo del que hubiéramos deseado.


martes, 2 de mayo de 2017

Berta y Luisa


Luisa siente a Berta muy cerca. Habla con ella. La mira. Se fija en
su ojos con intensidad, con voluntad de verdad. Extiende la mano,
coge la suya, se sonríen. Echan a correr bajo los árboles del jardín,
por la parte de atrás. Allí, donde no ven a nadie ni nadie la ve a
ellas. Solas: una con otra. Arropadas por las ramas cargadas de
hojas verdes, se siente a salvo. El río, henchido, muestra su fuerza
con orgullo al pasar ante las huertas reales por donde el cauce,
apacible y bondadoso, enseña más ese torrente de agua limpia,
caudal que no cesa ni en los más duros días del verano. Por encima
del lecho de arena, se dejan ver algunas hierbas verdes en las
orillas, que no se rompen ni se van con agua; permanecen ahí,
danzando, bamboleándose al son el agua, a su antojo.
Las adolescentes, en silencio, se dejan embobar por esa cadencia.
Siguen su ritmo con el cuerpo, lo imitan. Se tuercen hacia un lado,
se enderezan, curvan el tronco, giran con los brazos muy
extendidos. Levantan una pierna en alto, bien recta como
les enseñan en clase de danza clásica.
Tan pronto una de ellas se detiene, en seco; como otra gira más veloz, da vueltas y vueltas sin
parar. Una mira al cielo, muy quieta, escucha el gorjeo de una
golondrina. La imita. Detiene a su amiga, la coge por la cintura, y
silban las dos con el pájaro mientras buscan con la vista a
la pajarita dicen: eso es una llamada al amor.
La golondrina que observaban levantó el vuelo a la vez que un gorrión salta de rama
en rama, hasta acercarse tanto a ellas, que casi lo pueden tocar.
Berta baila siempre así.
Berta y Luisa se sientan en el bordede la barandilla; bloque de
granito tallado al estilo decimonónico que circunda la pérgola.
Imitando la voz y la postura de la Madre Emilia, Berta se puso en
pie: Levantaos, hijas, que parecéis hippies(pronunciado ipies).
Ja,ja, ja,... rieron, como siempre juntas y a la vez.
Luisa, en cierto aspecto más vanal que Berta, se puso muy sería.
Miró a Berta:
Hace días que andaba algo preocupada, cabizbaja. Se escondía d
elas demás, aparecía llorando por un pasillo, con el diario en la
mano. Buscaba a la madre Prefecta a deshoras, para hablar. Le
recomendó a un padre, muy bueno, muy hábil en estos asuntos,
con el que podría hablar de sus problemas; y, quizás, le pudiera
guiar cristianamente en su desoriención de adolescente.
Esa tarde, a solas, por fin con su mejor amiga, le habló de su gran

problema, de una dura duda que la acuciaba y que la tenía hundida:
Habían llegado a su mente sin
saber cómoideas
extrañas. Una chica católica convencida. Practicante sin resquicios. Empezaba a
dudar, a dudar de la verdad de Dios. De las verdadesde fe, de los
dogmas...hasta de lla misma.
Berta ¿Crees que estaré volviéndome loca?¿O una pagana
cualquiera? ¿O quizá una sacrílega? ¿Me excomulgarán por ello?

¿Qué dices? ¿Pero qué dices? ¿Se puede saber de qué hablas?
¿Qué te pasa? 

¿Crees que existe Dios, Berta? ¿Lo crees?
Claro.
Seguro, seguro, Luisa. Si no existiera, el Mundo no existiría
tampoco ¿No?.
A veces dudo de todo. De todo. ¿Tú crees que dudar es pecado?

¿Te he visto con la madre Prefecta, ¿Qué te pasa?
Sí, Estuve con ella, pero me dijo que mejor, vaya a hablar con mi director espiritual;mo con un padre de la Iglesia del Carmen, que viene a veces al colegio a confesarnos. ¿Sabes quién es?
No. No lo sé. Pero ya tienes un director espiritual. Yo en tu luhgar
empezaría con él. Y luego, si no te gusta, pues buscas otro.
No sé qué hacer, Berta. No lo sé. Dudo. Dudo mucho últimamente.
Cuando bajamos a la capilla por la noche, me siento como una
tonta. No sé qué hago allí, todas las noches rezando lo mismo y por
lo mismo. ¡Qué rollo! Me aburre.

¿No comemos todos lo días? Pues es igual. Es nuestro alimento
espiritual. Eso es lo que me dijo la madre Prefecta, pero no me sirve. No me siento mejor por pensar eso.
Bueno, pues es una respuesta.
Sí una respuesta que no me aclara nada. ¿Por qué dudo? Si antes
lo tenía clarísimo.
Más que clarísimo, lo que tenías, creo, es fe en Dios. Y ahora, te falta, Luisa. Es la fe lo que nos mantien vivos. Lo dijo bien claro el otro día el padre Bandeira.


El padre Bandeira, ¡para un día que no nos habla de la pureza y
del voto de castidad! Pues sí que aclara mucho cuando el problema,
es, precisamente, que empiezo a flaquear en la fe. Que dudo. Que
no entiendo nada...
Si no hay nada que entender. Sólo creer. Tener fe.
Pues no lo sé. Nosotras, noche tras noche, reza que te reza: por
nuestros papás, nuestros abuelos, el hombre que Dios nos tenga
destinado como esposo y no sé cuántas cosas más. Ayer, por los
astronautas ¡con eso de que han llegado a la luna!
Eso no creo que tenga que ver con Dios. Son cosas de la madre
Consuelo, cuando no baja ella a la capilla con nosotras no rezamos
tanto solo por los padres y por los abuelos y poco más.

¿Y lo de la virginidad? Estoy pensando que lo mejor será meterme
monja. El padre Bandeira dice que la virginidad engrandece a la mujer. Que hagamos voto de castidad. Ya le has oido.
Sí, le he oido. ¿Y qué? ¡El qué va decir! si parece que sólo sabe
ese tema de todo el devocionario; ji, ji, ji... Sólo le preocupa lo de la
virginidad, la castidad hasta el matrimonio.

¿Y eso qué quiere decir? ¿ no podemos dejar que un chico se nos
acerque más de un metro?.
No lo sé. Ni lo había pensado. Ya lo sabremos, cuando llegue el
momento. Pregúntale a tu director espiritual.
No. Jamás. Me muero de vergüenza.
Berta, entre bromas y veras, consiguió que Luisa riera, que
cambiara de tercio, dejando a un lado la confusión y las penas por
el pecado de dudar de la verdad única. Volvieron a sus juegos,
hasta que el sonido metálico de las tardes, antes de la merienda,
les obligó a volver al colegio.
La campana llamaba al comedor. Corrieron, veloces como una
flecha. Una sombra larga de proyectada por jóvenes cuerpos,
enredándose de vez en cuando entre los setos de la vereda, las
sigió de cerca hasta la puerta del patio que comunica con el
vestíbulo, a donde iban llegando todas las demás en pequeños
grupos. Nadie guardaba silencio en la fila. Imposible a esa hora, recién llegadas de la calle.
Cuando vengan mis padres me voy a comprar unos pantalones. He
visto unos, en la boutique de la plaza mayor, preciosos.
Me encantan los pantalones. Ayer, Babette vino a darnos la clase
de francés con pantalones, pero se fue a cambiar. Sí, ¿Te
imaginas? Volvió con minifalda. Cuando entró en clase, con la falda
por encima de la rodilla por lo menos diez centímetros.
Nicole también nos da la clase de francés con minifalda; siempre
lleva botas altas y la falda cortita. Está monísima. Me encanta.
¡Que guapas son las tres!
Sí, porque la que da francés a las mayores, es muy guapa
también. Se llama Paule. Son guapísimas, ¡y visten de fábula!... ¡Me encantan!
Tienen novio. Ayer, cuando veníamos de la catedral, de llevar las
banderas, las vi sentadas en la plaza, con unos chicos. Eran tres y
tres.
Berta y Luisa entraron al comedor. Tenían que separarse: en el
comedor pertenecían a grupos diferentes. Después en el estudio,
tampoco estarían juntas. Intimas amigas de paseo para salir, para
confiar la una en la otra, para hablar de intimidades inconfesables a
cualquier otra persona. Juntas se mantenían vivas en aquel lugar
cerrado; ese centro educativo del que sólo salían a la calle tres
veces por semana, dos horas cada miércoles, cada sábado y cada
domingo.
Luisa sintió, muy claro, un beso en su mejilla. Se dejo querer. Se
acurrucó entre los brazos que la rodeaban. Beso el pecho que
sobre ella yacía. Besó los suaves labios que le recorrían el rostro,
oyó un susurro junto a su oído: Te amo... ¡Dios mío, cuánto te
amo...! Entreabrió los ojos: unos enormes ojos azules, la
contemplaban, recorrían su cuerpo de pies a cabeza, unas manos
grandes, fuertes, suaves, acariciaban su pelo, le pasaron los dedos
por las mejillas. Bob se acercó más. La rodeó con los brazos, la
besó. Un beso largo, profundo sacó a Luisa de un duermevela del
que no quería salir. Otro beso. Un abrazo prolongado apretó su
cuerpo contra el cuerpo de Bob; y su mente quedó fijada en el
umbral de la consciencia. Voló sin límites, voló hacia un lugar
desconocido, lejos del mundo, lejos de la muerte. Renacía mientras
sentía su piel revivir, su alma flotar, ya quería a Bob, mucho,
muchísimo cada vez más; le decía en voz baja, entrecortada,
mientras su cuerpo se revolvía bajo otro cuerpo, movidos ambos
por los impulsos del deseo.

Luisa, IV.




El tintineo de una campanilla de cobre venía a sacar a las dos
adolescentes de su ensimismamiento: Ya están aquí. Vamos,
venga, Berta, deja ya el baile, vamos, va, venga. Nos van a pillar
cualquier día. Y nos vigilaran por encima de las murallas si hace
falta. Venga, vamos. Corre.
Al cabo de unos minutos estaban las dos, en la fila, entrando al
comedor con todas las demás. Como si nada hubiese ocurrido en
esas dos horas que duraba el paseo de los miércoles por la tarde;
oía su voz contándole entusiasmada y mimosa sus aventuras con
Jorge mientras la Madre Rosario nos hablaba de Felipe II, ¿te acuerdas?
Después, dibujaban con palabra un hombre a su gusto;  se
reían juntas de sus propias ocurrencias, de sus propios deseos. Inventaban. 

Resultaban compañeros de baile ágiles  y fuertes como actores de cine,  o como donceles del siglos pasados. Sus acompañantes de ficción apenas guardaban parecido con los hombres que años después, fuera de esos muros, conocieron de verdad y fueron conocidas por ellos.
Luisa prefería mil veces que un hombre la encontrase guapa a que
le llamase inteligente.
Entusiasmada con su largo pelo castaño muy claro, pensaba teñirlo
de color rubio platino cuando acabase el colegio; se casaría en la
catedral, sería una novia velada, con muchas flores, con música
celestial cubriendo todo el espacio sonoro del templo.
Transcurrieron los años. Cumplió su sueño de boda en la catedral.
las noticias de Berta se fueron distanciando hasta dejar de
recibirlas. Pero a ella a
la imagen que tuvo de ella, adolescente nunca
la borró de su memoria.

Luisa, III.



Ella había sido incinerada; regresaría a España en el momento
que su esposo, hermano y cuñada tuviesen las fuerzas suficientes
para volver con esa cajita de mármol. El niño, el hijo de Berta, vendría también.

Sus cenizas reposarían en el Panteón familiar.
La idea de lanzarlas al viento les provocó un dolor intenso; sentían su incapacidad para
desprenderse de lo único que aún quedaba de ella: aquel polvo gris,
donde ya no se podía separar ni distinguir entre el contenedor del
cadáver y el cadáver mismo. Todo se había hecho uno al
convertirse en cenizas, pero una parte de aquellos residuos grises,
procedía del cuerpo de su amiga.

En la época colegial, cuando juntas se escapaban de la fila a la
hora del paseo, se escondían en un cuarto. Bailaban. Imaginaban
encontrarse a solas con su amado, con un amado cualquiera, les daba igual, con un amado al que adorarían.
Imaginaban bailar con él, en un viejo salón de un palacete muy antiguo, destartalado por el paso del tiempo y sin muebles apenas.
Jorge, que así se llamaba el prometido de sus sueños, aún no tenía
un trabajo a su gusto ni bien remunerado, y Berta, secretaria de
dirección, le mantendría por un tiempo. Después, le confesaría su
agobio por la tardanza, el paso del tiempo y todos esos asuntos que
hacen a las mujeres ponerse nerviosas cuando desean tener hijos y
ven que el tiempo se les va.
Entonces, temiendo caer en las innumerables contradicciones de su feminismo militante y su vocación, decía, de madre y de esposa, empezaba a especular. Se enredaba en disquisiciones filosóficas sobre el matrimonio y los hijos, la vida y el amor, la edad y el tiempo, la moral y el sexo, y concluía en el momento que los argumentos, tan diferentes, tan dispares, se le embrollaban sin orden ni concierto. Azorada y desorientada, para disimular su turbación, se ponía a bailar; o pronunciaba alguna sentencia entre risas y bromas: Nos estamos poniendo muy serios; venga, vamos, ven. Vamos a bailar.