Cosas de mí

martes, 2 de mayo de 2017

Luisa, III.



Ella había sido incinerada; regresaría a España en el momento
que su esposo, hermano y cuñada tuviesen las fuerzas suficientes
para volver con esa cajita de mármol. El niño, el hijo de Berta, vendría también.

Sus cenizas reposarían en el Panteón familiar.
La idea de lanzarlas al viento les provocó un dolor intenso; sentían su incapacidad para
desprenderse de lo único que aún quedaba de ella: aquel polvo gris,
donde ya no se podía separar ni distinguir entre el contenedor del
cadáver y el cadáver mismo. Todo se había hecho uno al
convertirse en cenizas, pero una parte de aquellos residuos grises,
procedía del cuerpo de su amiga.

En la época colegial, cuando juntas se escapaban de la fila a la
hora del paseo, se escondían en un cuarto. Bailaban. Imaginaban
encontrarse a solas con su amado, con un amado cualquiera, les daba igual, con un amado al que adorarían.
Imaginaban bailar con él, en un viejo salón de un palacete muy antiguo, destartalado por el paso del tiempo y sin muebles apenas.
Jorge, que así se llamaba el prometido de sus sueños, aún no tenía
un trabajo a su gusto ni bien remunerado, y Berta, secretaria de
dirección, le mantendría por un tiempo. Después, le confesaría su
agobio por la tardanza, el paso del tiempo y todos esos asuntos que
hacen a las mujeres ponerse nerviosas cuando desean tener hijos y
ven que el tiempo se les va.
Entonces, temiendo caer en las innumerables contradicciones de su feminismo militante y su vocación, decía, de madre y de esposa, empezaba a especular. Se enredaba en disquisiciones filosóficas sobre el matrimonio y los hijos, la vida y el amor, la edad y el tiempo, la moral y el sexo, y concluía en el momento que los argumentos, tan diferentes, tan dispares, se le embrollaban sin orden ni concierto. Azorada y desorientada, para disimular su turbación, se ponía a bailar; o pronunciaba alguna sentencia entre risas y bromas: Nos estamos poniendo muy serios; venga, vamos, ven. Vamos a bailar.