Cosas de mí

martes, 2 de mayo de 2017

Luisa, IV.




El tintineo de una campanilla de cobre venía a sacar a las dos
adolescentes de su ensimismamiento: Ya están aquí. Vamos,
venga, Berta, deja ya el baile, vamos, va, venga. Nos van a pillar
cualquier día. Y nos vigilaran por encima de las murallas si hace
falta. Venga, vamos. Corre.
Al cabo de unos minutos estaban las dos, en la fila, entrando al
comedor con todas las demás. Como si nada hubiese ocurrido en
esas dos horas que duraba el paseo de los miércoles por la tarde;
oía su voz contándole entusiasmada y mimosa sus aventuras con
Jorge mientras la Madre Rosario nos hablaba de Felipe II, ¿te acuerdas?
Después, dibujaban con palabra un hombre a su gusto;  se
reían juntas de sus propias ocurrencias, de sus propios deseos. Inventaban. 

Resultaban compañeros de baile ágiles  y fuertes como actores de cine,  o como donceles del siglos pasados. Sus acompañantes de ficción apenas guardaban parecido con los hombres que años después, fuera de esos muros, conocieron de verdad y fueron conocidas por ellos.
Luisa prefería mil veces que un hombre la encontrase guapa a que
le llamase inteligente.
Entusiasmada con su largo pelo castaño muy claro, pensaba teñirlo
de color rubio platino cuando acabase el colegio; se casaría en la
catedral, sería una novia velada, con muchas flores, con música
celestial cubriendo todo el espacio sonoro del templo.
Transcurrieron los años. Cumplió su sueño de boda en la catedral.
las noticias de Berta se fueron distanciando hasta dejar de
recibirlas. Pero a ella a
la imagen que tuvo de ella, adolescente nunca
la borró de su memoria.