Proust y yo


Marcel Proust me hace guiños de tanto en tanto. Hoy su voz ha sonado en mis oídos, como la campana que anuncia la hora del té. Acudo. Hablamos. Me deleita con sus palabras. Juntos vemos retazos de la vida el uno del otro. Vida contra vida; momento contra momento. Mientras le escucho, zumba el bullicio de las gentes que, más o menos en la lejanía y señalando las distancias, como el vuelo de los pájaros en el cielo, me describe la extensión de la plaza por donde los carros de los tenderos cruzan deprisa hacia el mercado central; y las sirvientas, con la cesta de la compra en ristre, coquetean con los mozos hasta que llegan a un punto del rellano donde los jornaleros se paran. Ahí se quedan ellos; ellas continúan calle abajo, bamboleando la cesta de mimbre, que a buen seguro debían de llevar vacía.  
Ma seule consolation, quand je montais me coucher, était que maman viendrait m'embrasser. Mais ce bonsoir durait si peu de temps, elle redescendait si vite, que le moment où je l'entendait monter, puis où passait dans le coloir à double porte le bruit léger de sa robe de jardin en mousseline bleue, à la quelle pendaient de petits cordons de paille tressée, était pour moi un moment douloureux.
La ventana estaba cerrada y la lámpara de la mesa se apagaba casi a la vez que las farolas de la ciudad. Un muchacho se acercó a nuestra mesa. Preguntó. Se volvió. Abrió de par en par las contraventanas: los primeros rayos de sol se reflejaron en los espejos del Café. La extensión de la plazuela surgió ante nuestros ojos. Una señora de riguroso luto, acompañada por una criada, camina en dirección a la iglesia del Carmen. Detrás de ellas, dos hombres de avanzada edad, como si las escoltasen, avanzan muy erguidos. Un coche, sin poder evitar el brinco de las ruedas sobre los adoquines, entraba a la plaza bajo el arco de la calle Mayor; tirado por dos caballos negros a los que hostigaba sin tregua un cochero que viste capa y sombrero tan negros como las bestias. Al otro lado de nuestra mesa, casi rozándonos, vemos una diminuta nariz aplastada contra el vidrio de la ventana; por encima unos ojos azules, muy abiertos, nos observan. Repiqueteo en el cristal con la yema de los dedos: sonrío; el niño me devuelve la sonrisa; enseguida ajusta sus manos al cristal e imita el repique de mis dedos adultos. De repente, como si un afilado aguijón le pinchara, se da media vuelta y echa a correr, veloz, seguido de un cachorrillo, hasta llegar junto a una mujer que le sigue con la mirada desde la puerta de un establecimiento cercano. 
 Ya no luce el sol. En el cielo las nubes anuncian lluvia. En la calle las fachadas van tomando el color opaco que les da la niebla, como veladura que esconde la viveza de sus colores originales. Las personas que circulan por la explanada aceleran el paso. Las luces de los veladores vuelven a alumbrar a los tertulianos. Yo encontraba cierto encanto en estas tertulias que parecían emanar de un rincón de mi cerebro. Suena en mi cabeza su voz imaginada. Y después de la tertulia, ¡ay!, tenía que separarme de él que se marchaba andando solo, paseando, bulevar adelante si hacía buen tiempo o en un coche de punto si el tiempo era malo. Seguí sus pasos desde la ventana. Vi como, bastón en mano, echaba un pie, luego otro... despacio, muy despacio. La lentitud de su caminar le distinguía entre la muchedumbre que, pasada la tormenta volvía a ocupar toda la plaza. Pronto vi su cuerpo a lo lejos, como un punto que se pierde en el infinito. El paisaje circundante se interpuso entre él y yo. El aire y la bruma parecían haber borrado sus huellas. 
 Me preguntaba qué hora sería. Un pájaro cruzó por encima del tejado vecino. Alcé la vista para seguir el vuelo. Las campanadas del reloj anunciaron la hora de la cena. Se callaron las voces. Se vació la plaza. La noche caía despacio, fresca y oscura. Apoyo mi cabeza en el respaldo del sillón. Cierro los ojos, le veo frente a mi. Noto el influjo de su mirada cercana. Sus acertadas palabra se repetían en mi memoria, como si saliesen de su boca en ese instante. Me habla con voz firme. Le digo que no se vaya, que se quede ahí, donde está. Le pido que me hable. Sonríe mientras acerca sus labios a mis oídos. Le sonrío. La cadencia de su voz me arrullaba y yo le oía, muy claro, cuando con un susurro me contaba historias del tiempo que había pasado en Combray. Poco a poco, mis ojos se fueron cerrando y mis párpados se fijaron a la piel; recordé, o dije ya en sueños: Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma bougie éteinte, mes yeux se fermaient si vite, que je n´'avais le temps de me dire: "Je m'en dorm".


Imagen: Edouard Cortés

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